Hay discos que no envejecen: aprenden a respirar mejor. Grand Prix (1995) de Teenage Fanclub es uno de esos álbumes que, en mitad de una década enamorada del ruido y la pose, se atrevió a decir algo radical: que la melodía podía ser un acto de resistencia. Guitarras eléctricas, sí, pero con luz; distorsión, sí, pero con matices. Canciones que no gritaban para hacerse notar y aun así dejaban marca, como si el estribillo fuese una forma de volver a casa.
En ese mapa emocional aparecen Alvaro Suite, alma libre, salvaje y virtuosa de Los Santos Inocentes de Bunbury o Los Labios; y Ken Stringfellow, un nombre que atraviesa los 90 como un hilo conductor: cofundador de The Posies, artesano de armonías impecables, músico de directo en la órbita de R.E.M., y compositor con la rara habilidad de convertir lo cotidiano en himno sin elevar la voz. Suite y Stringfellow no entienden el pop como artificio, sino como precisión: el lugar exacto donde una guitarra, un coro y una frase pueden cambiarte el ánimo.
Este concierto es una ceremonia de esas que no necesitan nostalgia para justificar su existencia. Alvaro y Ken, junto a una banda de músicos que ya la quisiera otras formaciones, interpretan Grand Prix como se interpreta un libro querido: sin prisa, sin cinismo, con el respeto de quien sabe que esas canciones —Sparky’s Dream, Mellow Doubt— no pertenecen solo a una época, sino a un tipo de gente. La que aprendió que también se puede ser intenso sin ser estridente. La que aún busca, entre tanta velocidad, un estribillo que lo ordene todo por dentro.
Una noche para volver al lugar donde el indie se permitió sonreír. Y para recordar —en voz alta, guitarra en mano— que algunas generaciones no se explican: se cantan.
